Society & Culture

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El horror tiene memoria. Nosotros, no siempre.

Sobre Barefoot Gen, Hiroshima, y los racismos que no hemos dejado atrás.

filosofia
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"El trigo crece alto y fuerte, aún entre la escarcha invernal, aún cuando es pisoteado una y otra vez."

Así empieza el único manga que me ha sacado lágrimas.

Lo compré saliendo del Hiroshima Peace Memorial Museum — un lugar que por sí solo te deja con un vacío en el alma que no sabes muy bien dónde poner. Las vitrinas están llenas de objetos cotidianos: una lonchera derretida, la sombra carbonizada de un cuerpo grabada en piedra, el reloj de una víctima detenido para siempre a las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945. No hay manera de salir de ese museo siendo la misma persona que entró. Yo no lo hice.

En ese estado compré Barefoot Gen.

Lo que cuenta

Barefoot Gen es la historia de Keiji Nakazawa, un niño que sobrevivió la caída de Little Boy en Hiroshima y decidió contarlo en ilustración décadas después. Su alter ego, Hadashi no Gen, narra en un registro casi tragi-cómico — lo cual hace todo más devastador — el hambre desesperada de una familia en tiempos de guerra, niños que mueren por desnutrición, la humillación de ser un paria por cuestionar el nacionalismo de tu propio país.

Pero lo que más me quedó no fue la bomba. Fue lo que había antes de la bomba.

La historia muestra con una claridad incómoda cómo una sociedad puede construir su propia deshumanización desde adentro: el racismo japonés hacia los coreanos y chinos, la educación xenofóbica, el bushido — esa voluntad cultural de morir por honor antes que cuestionar la narrativa oficial. Nakazawa no presenta a Japón como víctima inocente. Lo presenta como una sociedad que eligió, colectivamente, no ver ciertas cosas. Y pagó un precio que ninguna sociedad debería pagar.

Lo que hace el manga — y esto es lo que ningún libro de historia logra de la misma manera — es obligarte a ver. No a leer sobre el horror. A verlo, panel por panel, en el rostro de un niño.

El puente que no quería cruzar

Hay una razón por la que este libro me afectó más de lo que esperaba, y no es solo el museo ni las ilustraciones.

Años después de leerlo, estuve en un offsite en Dallas con colegas de toda Latinoamérica. Durante el almuerzo, una colega mexicana se acercó a una mesa llena de americanos y no la dejaron sentarse. Sin explicación. Sin disculpa. Solo el gesto inequívoco de que ese espacio no era para ella.

Nadie dijo nada. Yo tampoco.

He pensado en ese momento muchas veces desde entonces. También he pensado en las veces que yo misma he sido la única diferente en una sala — mexicana en grupos de americanos y europeos — y he sentido esa exclusión más sutil, sin palabras, que no deja evidencia pero que se siente con una precisión perfecta.

No es Hiroshima. No pretendo que sea comparable.

Pero la lógica que hay debajo — la decisión, consciente o no, de trazar una línea entre los que pertenecen y los que no — es la misma. Solo cambia la escala.

Lo que no hemos aprendido

Barefoot Gen es hoy un clásico en Japón. Se entregan copias del libro a todos los representantes de países que integran el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. Es, en cierta forma, un documento diplomático disfrazado de manga — un recordatorio de a dónde lleva la deshumanización del otro cuando se le deja crecer sin freno.

Y sin embargo.

Hoy se habla con una naturalidad perturbadora de la posibilidad de una tercera guerra mundial. Los mismos mecanismos que Nakazawa ilustró — el nacionalismo que se alimenta del miedo, la construcción del enemigo externo, la normalización gradual de la exclusión — están activos, visibles, en las noticias de cualquier día de la semana.

El horror tiene memoria. Está todo documentado, ilustrado, archivado. Museos enteros construidos para que no olvidemos.

Nosotros, sin embargo, parecemos tener una capacidad infinita para mirar hacia otro lado.

No tengo una conclusión optimista. No creo que este sea el tipo de tema que la merece. Solo tengo la imagen de ese reloj detenido a las 8:15, y la sensación de que seguimos, colectivamente, sin entender del todo lo que significa.

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